Cuando llueve en Buenos Aires
pareciera
que las torres van a soltarse
de sus vigas, van a desatarse
silenciosamente y con apuro
quebrantando el final
seco de palabras
inundado de gestos.
Van a caer al suelo,
pesadas de melancolía
cargando sus ojos invisibles
esos que observaron
todo el hormigueo de la urbe,
que vieron como moría un hombre
en la avenida
y como nacía un niño
sobre el balcón.
Van a esgrimir gritos
recostadas en la tierra
que una vez les fue tan lejana.
Van a hacer las pases
con el observador
que las miró con los pies
bien firmes en la tierra
y dijo
¡pucha! que se mueran los gigantes
que se roban el sol.
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