La noche desataba sus sueños
sobre el chasis verde y amarillo.
Ella se desenvolvía imperturbable
en el asiento que daba a la ventanilla,
y la ventana gris de días y horas y viajes
era un ojo que todo lo observaba
y en el ojo la pupila que
todo lo escribía,
paisajes que se dibujaban bajo
la pincelada de la birome.
Su secreto rostro,
flor de septiembre,
brillaba mientras escapaban las fieras
los signos, las palabras
frases ansiosas de luz y victoria
socavando las venas de sangre y tinta.
Escribir era su vida
hasta que el colectivo llegara a destino
y el ojo ya no mirara mas.
Escupieron la cara del dios-hombre
ella
y sus palabras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario